"?Por qué habría de extender sus alas
el águila estropeada? Por qué habría yo de lamentar
el desvanecido poder del reino acostumbrado?
T.S Eliot
Anoche soñé que en Chile, las casas en las poblaciones se hacían de cera de vela. No te preocupes, me decían las gentes con los dientes mansos, esta a nuestra disposición un asado de cóndor, que por lo menos todos podremos desear, tal vez sin nunca probar, pero en la espera de algo bueno se le da sentido a los días que pasan.
Partí con zapatos de abuela por una calle arrugada, que fue a morir al río, mi río, que con la lluvia frecuentaba el lecho de las horas como amantes insaciables, inundándonos la infancia de impetus encerrados entre cuatro paredes y una estufa.
Todos vivimos con la muerte, con un puesto vacío en la mesa y una pregunta que no se podía hacer.
Todos nos formamos en el patio del colegio cantando el himno censurado, para entrar luego en una sala helada, a escuchar a un profesor deprimido repitiendo "aquí no se salva nadie".
Caminamos años con uniforme de la casa al colegio del colegio a la casa, durante cualquier estación. Por calles vacías, con perros aburridos, y gatos flacos, con tristeza de basureros y zapatos de guagua abandonados. Todos conocimos lo desolador de las cuatro de la tarde, y lo gratificante de prender una lampara antes de que cayera la noche. Una comida tierna y tensa en los humores del adulto, una cama con un beso de buenas noches.
En medio del sueño solíamos despertar con un temporal que arrancaba los techos o con un temblor grado cuatro y medio. Otras veces con los gritos y balazos de la casa "de la pato" o "el lirio azul" ambos prostíbulos de milicos. Por la mañana jugábamos a buscar figuras en los dibujos de las cortinas y al abrirlas hacíamos carreras golpeando tras el vidrio las gotas de lluvia en la ventana...
Nunca salí del horroroso Chile*, nunca me adapte a vivir bien, a no tener frío ni miedo.
Nunca viví en París.
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