dimanche 1 août 2010

L'AMOUREUSE/ V.M traducciones

 
Paul Eluard era ese tipo de amigos en el que uno teme un enemigo. 
La realidad que a todos nos traiciona  nos dejo rápidamente ciegos. 
No seria honesto esquivar el hecho de que Paul me provocaba una importante 
atracción, al punto, de negarme por completo a ella. Pero un buen día 
esa cuidada omisión de la que esta hecha mi delicadeza se quebró por 
completo. Insistí en que me revelara la identidad de una de sus compañeras
en una fotografía . Una serie de repetidos "no" de su parte me aplastaron sin consuelo. 
Paul Eluard estaba exultante, viendo mi orgullo derramarse por los suelos 
de su casa en Wroclaw. Lo dejé. Partí ante la única y definitiva revelación  –
Ella es “La enamorada”. 

La enamorada

Ella esta de pie sobre mis parpados
y sus cabellos están en los míos,
Ella tiene la forma de mis manos.
Ella tiene el color de mis ojos,
Ella se hunde en mi sombra
Como una piedra en el cielo.

Ella tiene siempre los ojos abiertos
Y no me deja dormir.
Sus sueños a plena luz
Evaporan los soles,
Pero hacen reír, llorar y reír,
Hablar sin tener nada que decir.

AUPRèS D'UN MORT




Velábamos el cadáver de Schopenhauer. Habíamos decidido que sus discípulos, en grupos de a dos, lo acompañaríamos por turnos hasta el amanecer.
Este pasaje de mi historia quien mejor lo cuenta es Guy de Maupassant, y de ahí su fama. Lo publica por primera vez en el Gil Blas el 30 de enero de 1883, bajo el seudónimo de Maufrigneuse. Y cuidado, que el hecho, aunque vivido, no se puede contar mejor, así que dejo ante los posibles lectores otra de las traducciones, de Auprès d’un mort, la mía.

Tomé el relevo con un camarada en el silencio de la medianoche, nos sentamos a los pies de la cama, su rostro no había cambiado, ahí estaba su inalterable sonrisa de comisuras cabizbajas. Con dificultad nos hacíamos a la idea de que estuviera muerto, parecía que en cualquier momento abriría los ojos y comenzaría a hablar. Su pensamiento nos envolvía, nos sentíamos más que nunca dentro de la atmósfera de su genio, invadidos y poseídos por él. Su dominio nos parecía incluso mas soberano ahora que estaba muerto. Un misterio se mezclaba al poder de este incomparable espíritu.
- El cuerpo de este tipo de hombres desaparece, pero ellos quedan. Y en la noche que sucede a su muerte, le aseguro señor que se ven espantosos.
En voz baja, hablamos de él, recordamos sus palabras, sus fórmulas, sus sorprendentes máximas, que parecen destellos entrando en las tinieblas de lo Desconocido.
– Parece que va a hablar – dice mi camarada. Y miramos, con una inquietud cercana al miedo, el rostro inmóvil que todavía sonreía.
Poco a poco nos sentimos incómodos, agobiados, claudicantes. Balbuceé:
– No sé lo que tengo pero me siento enfermo.
Y nos dimos cuenta que el cuerpo olía mal.
Mi compañero me propuso entonces que pasáramos al cuarto contiguo, dejando la puerta abierta; yo acepté.
Tomé una de las velas que alumbraba en el velador, dejando la segunda, y nos fuimos a sentar a la otra punta de la otra pieza, de modo que pudiéramos ver desde nuestro lugar la cama y el muerto, a plena luz.
Pero nos seguía abrumando; hubiéramos dicho que su ser inmaterial, desprendido, libre, todopoderoso, dominante, nos rondaba. Y a veces también el olor infame del cuerpo descompuesto, nos llegaba, nos penetraba, repugnante y vago.
De pronto un escalofrío nos atravesó los huesos. Un ruido, un pequeño ruido que venía de la pieza del muerto. Nuestras miradas se enfilaron hacia él, y hemos visto, sí, señor, hemos visto perfectamente, el uno y el otro, una cosa blanca deslizarse por la cama, caer sobre el suelo, en la alfombra y desaparecer bajo un sillón.
Nos paramos de un salto, locos de un terror estúpido, listos para arrancar. Nos miramos. Estábamos horriblemente pálidos, nuestros corazones latían levantando el género de la camisa. Yo hablé primero.
– ¿Viste?...
– Sí, si vi.
– ¿Será que está vivo?
– ¿Qué vamos a hacer?”
Mi compañero pronuncia inseguro:
– Hay que ir a ver.
Tomé nuestra vela y entré primero, recorriendo con la mirada toda la gran pieza de oscuras esquinas. Nada se movía; me acerqué a la cama. Pero quedé aterrorizado:
Schopenauer ya no sonreía, al contrario, se había apoderado de su cara una morisqueta horrible, la boca hundida, las mejillas profundamente vacías. Tartamudeé:
– ¡No esta muerto!
Pero el horrible olor me sofocaba. No me moví más. La mirada fija, asustado como frente a una aparición.
Por otro lado mi compañero, tomando la otra vela se agacha. Me toma del brazo sin decir una palabra. Sigo su mirada, y percibo en el suelo, bajo el sillón al lado de la cama, blanqueando en el sombrío tapiz, abiertos como para dar una mascada, los dientes postizos de Schopenahuer.
El trabajo de descomposición, le aflojó las mandíbulas hasta hacerlos saltar de la boca.
- Yo tuve realmente mucho miedo ese día, señor

LA SOMBRA DE UNA AZUCENA








Peripatética, pensaba en el último trabajo de Agorato, Los muros de Alcibíades. Las típicas escenas de mal gusto de esa época, en que el vanidoso dueño de casa era adorado por diosas y perseguido por ninfas. René Krauss disfrutaba mucho contando esa historia, repetía exactamente, palabra por palabra, el párrafo de su Vida pública y privada de Sócrates, y le gustaba sobre todo pronunciar la última frase en tono melancólico, amargo: “El viejo y cansado maestro estaba con miedo de que aquel penoso trabajo le impidiera terminar lo que reputaba la obra maestra de su vida: la sombra de una azucena. Sin embargo continuó pintando sus diosas galantes hasta cubrir todos los muros y, en cambio, careció de fuerzas para dar forma a aquella sombra.”
René y yo inventamos en largas conversaciones una historia del arte occidental a partir de la sombra de esa azucena. Un día ya tanto imaginar empezamos a escribirla. Yo estaba en el teclado y René se paseaba por la sala. Se me acercó tropezando antes con una silla, me eché a reír, hice comentarios burlones acerca de su permanente torpeza. En medio de la risa toqué por descuido el teclado borrando todo lo que habíamos escrito. René gritó apuntándome con el dedo: “¡Terrorista, te burlas de un pequeño tropiezo y tú acabas de borrar La Historia del Arte Occidental con un dedo!!!”
Editando en París un texto de Armando Uribe, sentí nostalgia de un tiempo que no nos tocó vivir, en que la ortografía era un asunto personal. Juan Ramón Jiménez era sólo el caso mas extremo de un fenómeno corriente. Los escritores de entonces no veían a la ortografía como algo dado, y era para ellos una cuestión de honor tomar decisiones en ese terreno. Llegado un original a la imprenta, el corrector de pruebas preguntaba con toda naturalidad – ¿Con qué ortografía desea que lo corrijamos? – Con la de Bello por favor – Perfecto.
A los norteamericanos, que consideran a Truffaut el paradigma de todo lo francés, no dejan de provocarles una enorme desazón sus particularidades ortográficas, tantas como películas viô escondido de sus padres en la adolescencia, o preguntas le formuló a Hitchcock. Los mismos que le siguen ciegamente en lo que respecta a cine, estética, gastronomía, literatura etc, en el punto ortográfico sienten la inseguridad de quien sigue al que hace camino al andar. Un tiempo que editaba su crónica en Le Monde terminé conformándome con que usara la misma ortografía cada mes.

MODESTAMENTE EXCEPCIONAL

Después de varios días de razonamiento por contraste, me encontré el 13 de junio de 1865 en Sandy Mount, en el suburbio sur-este de Dublín, día y lugar del nacimiento de W.B. Yeats. Temerosa de las perfecciones me fui a tomar un café a un bar italiano llamado Pasolini, escribí cuatro páginas de un estúpido diario de viaje, esperando inútilmente, a Curtis Putralk, el gran amigo de Igmar Bergman con el cual hicieran nacer en este mismo café la idea de la película «La hora del lobo», ambos idearon ese episodio del pequeño demonio y Johan, que después interpretarían ferozmente Max von Sydow y Mikael Rundquist. Inútil espera, sabía que pasaba días borracho y que podría justo haberme contestado el teléfono el día que estaba sobrio. La espera me pone de mal humor, como a todo el mundo y ni siquiera podía concentrarme en pensar en cosas interesantes. Había recién terminado «La eternidad doblada» de Jean Cocteau, pero mi desconfianza natural en las lecturas de moda me habia hecho perder todo fervor.
Pedí otro café, pensé un poco en el amor griego, en la sabiduría humanista, y en el apasionante diálogo entre Jean-Louis y Maud sobre el amor y la religión al rededor de Pascal en aquel inolvidable film de Rohmer, "Ma nuit chez Maud". Después pensé en mi, sentada como una estúpida aquí. Me pasan cosas modestamente excepcionales.