Trajeado de negro y con el corazón convulso, me encaminé
hacia la parte trasera del tren. Lugar del que podría acariciar mejor,
mi voluntaria esperanza de volver a encontrarme con Nelson Oreste.
Extraordinario provocador de encuentros fortuitos, figura conocida en
la ferroviaria por el prestigio subyugante de su hazaña romántica,
erudito en pasiones raras. De aspecto heroico y desafiante,
de belleza triste y variable.
Por la razón del sortilegio, el aspecto más importante de su naturaleza
para mi, era una extraña acumulación de lunares situada en las yemas
de sus dedos. Contarlos uno a uno y descubrir el nacimiento de uno nuevo
fundaban el momento más arrebatador, del que yo tengo consciencia,
en materia de deseo. Pasear por las huellas digitales de Nelson Oreste
en busca de aquel "grano de belleza", oráculo de que yo sería
una vez más entre sus brazos el mejor de los que fui.
Ante Nelson siempre llegué en calidad de aprendiz, afinando en cada
uno de sus guiños el ingenio de mi proeza. Viví asombrado de su manera
de colmar mi existencia y darle pensión en un secreto.
Secreto alimentado de su ausencia y de su pluma experta.
Envejecí en el extremo de un vagón ante cada partida y entoné cada vez
que el tiempo me echó una mano para volver a verlo.
Cuando fueron las nueve y diez lo ví aparecer y caminar hacia mi sonriendo.

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