vendredi 12 novembre 2010
"La organización de mi trabajo" Julio Camba
"Hace unos años yo tenía un amigo alemán que se había empeñado en organizar mi trabajo.
-Usted -me decía- debe alquilar un despacho, comprar unos libros de consulta cuanto más grandes mejor y señalarse unas horas de oficina. Debe usted levantarse todos los días a la misma hora, leer a la misma hora, pensar a la misma hora, escribir a la misma hora.
Es posible: pero yo no podría trabajar nunca en una forma metódica. Yo no puedo leer en una biblioteca, que es, sin embargo, un establecimiento organizado para la lectura. Leo en la cama, que es un mueble hecho para dormir; pero en una biblioteca no leo. Eso de llegar allí y verme ante un libro entre cien personas que están ante otros cien libros me produce un sopor invencible y me transporta inmediatamente al mundo de los sueños. Por eso poseo tan poca erudición. Y así como no puedo leer en la biblioteca donde me entran ganas de fumar, no puedo fumar en un smooking-room, donde me entran ganas de leer, así no puedo tampoco escribir en un escritorio. Mi trabajo, una vez organizado perdería toda espontaneidad. ¡Qué quiere usted! Yo soy un escritor fácil." J. Camba · ABC · 1959
lundi 25 octobre 2010
TAL POR CUAL
Trajeado de negro y con el corazón convulso, me encaminé
hacia la parte trasera del tren. Lugar del que podría acariciar mejor,
mi voluntaria esperanza de volver a encontrarme con Nelson Oreste.
Extraordinario provocador de encuentros fortuitos, figura conocida en
la ferroviaria por el prestigio subyugante de su hazaña romántica,
erudito en pasiones raras. De aspecto heroico y desafiante,
de belleza triste y variable.
Por la razón del sortilegio, el aspecto más importante de su naturaleza
para mi, era una extraña acumulación de lunares situada en las yemas
de sus dedos. Contarlos uno a uno y descubrir el nacimiento de uno nuevo
fundaban el momento más arrebatador, del que yo tengo consciencia,
en materia de deseo. Pasear por las huellas digitales de Nelson Oreste
en busca de aquel "grano de belleza", oráculo de que yo sería
una vez más entre sus brazos el mejor de los que fui.
Ante Nelson siempre llegué en calidad de aprendiz, afinando en cada
uno de sus guiños el ingenio de mi proeza. Viví asombrado de su manera
de colmar mi existencia y darle pensión en un secreto.
Secreto alimentado de su ausencia y de su pluma experta.
Envejecí en el extremo de un vagón ante cada partida y entoné cada vez
que el tiempo me echó una mano para volver a verlo.
Cuando fueron las nueve y diez lo ví aparecer y caminar hacia mi sonriendo.
vendredi 1 octobre 2010
NUNCA VIVÍ EN PARIS
"?Por qué habría de extender sus alas
el águila estropeada? Por qué habría yo de lamentar
el desvanecido poder del reino acostumbrado?
T.S Eliot
Anoche soñé que en Chile, las casas en las poblaciones se hacían de cera de vela. No te preocupes, me decían las gentes con los dientes mansos, esta a nuestra disposición un asado de cóndor, que por lo menos todos podremos desear, tal vez sin nunca probar, pero en la espera de algo bueno se le da sentido a los días que pasan.
Partí con zapatos de abuela por una calle arrugada, que fue a morir al río, mi río, que con la lluvia frecuentaba el lecho de las horas como amantes insaciables, inundándonos la infancia de impetus encerrados entre cuatro paredes y una estufa.
Todos vivimos con la muerte, con un puesto vacío en la mesa y una pregunta que no se podía hacer.
Todos nos formamos en el patio del colegio cantando el himno censurado, para entrar luego en una sala helada, a escuchar a un profesor deprimido repitiendo "aquí no se salva nadie".
Caminamos años con uniforme de la casa al colegio del colegio a la casa, durante cualquier estación. Por calles vacías, con perros aburridos, y gatos flacos, con tristeza de basureros y zapatos de guagua abandonados. Todos conocimos lo desolador de las cuatro de la tarde, y lo gratificante de prender una lampara antes de que cayera la noche. Una comida tierna y tensa en los humores del adulto, una cama con un beso de buenas noches.
En medio del sueño solíamos despertar con un temporal que arrancaba los techos o con un temblor grado cuatro y medio. Otras veces con los gritos y balazos de la casa "de la pato" o "el lirio azul" ambos prostíbulos de milicos. Por la mañana jugábamos a buscar figuras en los dibujos de las cortinas y al abrirlas hacíamos carreras golpeando tras el vidrio las gotas de lluvia en la ventana...
Nunca salí del horroroso Chile*, nunca me adapte a vivir bien, a no tener frío ni miedo.
Nunca viví en París.
el águila estropeada? Por qué habría yo de lamentar
el desvanecido poder del reino acostumbrado?
T.S Eliot
Anoche soñé que en Chile, las casas en las poblaciones se hacían de cera de vela. No te preocupes, me decían las gentes con los dientes mansos, esta a nuestra disposición un asado de cóndor, que por lo menos todos podremos desear, tal vez sin nunca probar, pero en la espera de algo bueno se le da sentido a los días que pasan.
Partí con zapatos de abuela por una calle arrugada, que fue a morir al río, mi río, que con la lluvia frecuentaba el lecho de las horas como amantes insaciables, inundándonos la infancia de impetus encerrados entre cuatro paredes y una estufa.
Todos vivimos con la muerte, con un puesto vacío en la mesa y una pregunta que no se podía hacer.
Todos nos formamos en el patio del colegio cantando el himno censurado, para entrar luego en una sala helada, a escuchar a un profesor deprimido repitiendo "aquí no se salva nadie".
Caminamos años con uniforme de la casa al colegio del colegio a la casa, durante cualquier estación. Por calles vacías, con perros aburridos, y gatos flacos, con tristeza de basureros y zapatos de guagua abandonados. Todos conocimos lo desolador de las cuatro de la tarde, y lo gratificante de prender una lampara antes de que cayera la noche. Una comida tierna y tensa en los humores del adulto, una cama con un beso de buenas noches.
En medio del sueño solíamos despertar con un temporal que arrancaba los techos o con un temblor grado cuatro y medio. Otras veces con los gritos y balazos de la casa "de la pato" o "el lirio azul" ambos prostíbulos de milicos. Por la mañana jugábamos a buscar figuras en los dibujos de las cortinas y al abrirlas hacíamos carreras golpeando tras el vidrio las gotas de lluvia en la ventana...
Nunca salí del horroroso Chile*, nunca me adapte a vivir bien, a no tener frío ni miedo.
Nunca viví en París.
lundi 20 septembre 2010
vendredi 20 août 2010
dimanche 1 août 2010
L'AMOUREUSE/ V.M traducciones
Paul Eluard era ese tipo de amigos en el que uno teme un enemigo.
La realidad que a todos nos traiciona nos dejo rápidamente ciegos.
No seria honesto esquivar el hecho de que Paul me provocaba una importante
atracción, al punto, de negarme por completo a ella. Pero un buen día
esa cuidada omisión de la que esta hecha mi delicadeza se quebró por
completo. Insistí en que me revelara la identidad de una de sus compañeras
en una fotografía . Una serie de repetidos "no" de su parte me aplastaron sin consuelo.
Paul Eluard estaba exultante, viendo mi orgullo derramarse por los suelos
de su casa en Wroclaw. Lo dejé. Partí ante la única y definitiva revelación –
Ella es “La enamorada”.
La realidad que a todos nos traiciona nos dejo rápidamente ciegos.
No seria honesto esquivar el hecho de que Paul me provocaba una importante
atracción, al punto, de negarme por completo a ella. Pero un buen día
esa cuidada omisión de la que esta hecha mi delicadeza se quebró por
completo. Insistí en que me revelara la identidad de una de sus compañeras
en una fotografía . Una serie de repetidos "no" de su parte me aplastaron sin consuelo.
Paul Eluard estaba exultante, viendo mi orgullo derramarse por los suelos
de su casa en Wroclaw. Lo dejé. Partí ante la única y definitiva revelación –
Ella es “La enamorada”.
La enamorada
Ella esta de pie sobre mis parpados
y sus cabellos están en los míos,
Ella tiene la forma de mis manos.
Ella tiene el color de mis ojos,
Ella se hunde en mi sombra
Como una piedra en el cielo.
Ella tiene siempre los ojos abiertos
Y no me deja dormir.
Sus sueños a plena luz
Evaporan los soles,
Pero hacen reír, llorar y reír,
Hablar sin tener nada que decir.
AUPRèS D'UN MORT
Velábamos el cadáver de Schopenhauer. Habíamos decidido que sus discípulos, en grupos de a dos, lo acompañaríamos por turnos hasta el amanecer.
Este pasaje de mi historia quien mejor lo cuenta es Guy de Maupassant, y de ahí su fama. Lo publica por primera vez en el Gil Blas el 30 de enero de 1883, bajo el seudónimo de Maufrigneuse. Y cuidado, que el hecho, aunque vivido, no se puede contar mejor, así que dejo ante los posibles lectores otra de las traducciones, de Auprès d’un mort, la mía.
Tomé el relevo con un camarada en el silencio de la medianoche, nos sentamos a los pies de la cama, su rostro no había cambiado, ahí estaba su inalterable sonrisa de comisuras cabizbajas. Con dificultad nos hacíamos a la idea de que estuviera muerto, parecía que en cualquier momento abriría los ojos y comenzaría a hablar. Su pensamiento nos envolvía, nos sentíamos más que nunca dentro de la atmósfera de su genio, invadidos y poseídos por él. Su dominio nos parecía incluso mas soberano ahora que estaba muerto. Un misterio se mezclaba al poder de este incomparable espíritu.
- El cuerpo de este tipo de hombres desaparece, pero ellos quedan. Y en la noche que sucede a su muerte, le aseguro señor que se ven espantosos.
En voz baja, hablamos de él, recordamos sus palabras, sus fórmulas, sus sorprendentes máximas, que parecen destellos entrando en las tinieblas de lo Desconocido.
– Parece que va a hablar – dice mi camarada. Y miramos, con una inquietud cercana al miedo, el rostro inmóvil que todavía sonreía.
Poco a poco nos sentimos incómodos, agobiados, claudicantes. Balbuceé:
– No sé lo que tengo pero me siento enfermo.
Y nos dimos cuenta que el cuerpo olía mal.
Mi compañero me propuso entonces que pasáramos al cuarto contiguo, dejando la puerta abierta; yo acepté.
Tomé una de las velas que alumbraba en el velador, dejando la segunda, y nos fuimos a sentar a la otra punta de la otra pieza, de modo que pudiéramos ver desde nuestro lugar la cama y el muerto, a plena luz.
Pero nos seguía abrumando; hubiéramos dicho que su ser inmaterial, desprendido, libre, todopoderoso, dominante, nos rondaba. Y a veces también el olor infame del cuerpo descompuesto, nos llegaba, nos penetraba, repugnante y vago.
De pronto un escalofrío nos atravesó los huesos. Un ruido, un pequeño ruido que venía de la pieza del muerto. Nuestras miradas se enfilaron hacia él, y hemos visto, sí, señor, hemos visto perfectamente, el uno y el otro, una cosa blanca deslizarse por la cama, caer sobre el suelo, en la alfombra y desaparecer bajo un sillón.
Nos paramos de un salto, locos de un terror estúpido, listos para arrancar. Nos miramos. Estábamos horriblemente pálidos, nuestros corazones latían levantando el género de la camisa. Yo hablé primero.
– ¿Viste?...
– Sí, si vi.
– ¿Será que está vivo?
– ¿Qué vamos a hacer?”
Mi compañero pronuncia inseguro:
– Hay que ir a ver.
Tomé nuestra vela y entré primero, recorriendo con la mirada toda la gran pieza de oscuras esquinas. Nada se movía; me acerqué a la cama. Pero quedé aterrorizado:
Schopenauer ya no sonreía, al contrario, se había apoderado de su cara una morisqueta horrible, la boca hundida, las mejillas profundamente vacías. Tartamudeé:
– ¡No esta muerto!
Pero el horrible olor me sofocaba. No me moví más. La mirada fija, asustado como frente a una aparición.
Por otro lado mi compañero, tomando la otra vela se agacha. Me toma del brazo sin decir una palabra. Sigo su mirada, y percibo en el suelo, bajo el sillón al lado de la cama, blanqueando en el sombrío tapiz, abiertos como para dar una mascada, los dientes postizos de Schopenahuer.
El trabajo de descomposición, le aflojó las mandíbulas hasta hacerlos saltar de la boca.
- Yo tuve realmente mucho miedo ese día, señor
LA SOMBRA DE UNA AZUCENA
Peripatética, pensaba en el último trabajo de Agorato, Los muros de Alcibíades. Las típicas escenas de mal gusto de esa época, en que el vanidoso dueño de casa era adorado por diosas y perseguido por ninfas. René Krauss disfrutaba mucho contando esa historia, repetía exactamente, palabra por palabra, el párrafo de su Vida pública y privada de Sócrates, y le gustaba sobre todo pronunciar la última frase en tono melancólico, amargo: “El viejo y cansado maestro estaba con miedo de que aquel penoso trabajo le impidiera terminar lo que reputaba la obra maestra de su vida: la sombra de una azucena. Sin embargo continuó pintando sus diosas galantes hasta cubrir todos los muros y, en cambio, careció de fuerzas para dar forma a aquella sombra.”
René y yo inventamos en largas conversaciones una historia del arte occidental a partir de la sombra de esa azucena. Un día ya tanto imaginar empezamos a escribirla. Yo estaba en el teclado y René se paseaba por la sala. Se me acercó tropezando antes con una silla, me eché a reír, hice comentarios burlones acerca de su permanente torpeza. En medio de la risa toqué por descuido el teclado borrando todo lo que habíamos escrito. René gritó apuntándome con el dedo: “¡Terrorista, te burlas de un pequeño tropiezo y tú acabas de borrar La Historia del Arte Occidental con un dedo!!!”
Editando en París un texto de Armando Uribe, sentí nostalgia de un tiempo que no nos tocó vivir, en que la ortografía era un asunto personal. Juan Ramón Jiménez era sólo el caso mas extremo de un fenómeno corriente. Los escritores de entonces no veían a la ortografía como algo dado, y era para ellos una cuestión de honor tomar decisiones en ese terreno. Llegado un original a la imprenta, el corrector de pruebas preguntaba con toda naturalidad – ¿Con qué ortografía desea que lo corrijamos? – Con la de Bello por favor – Perfecto.
A los norteamericanos, que consideran a Truffaut el paradigma de todo lo francés, no dejan de provocarles una enorme desazón sus particularidades ortográficas, tantas como películas viô escondido de sus padres en la adolescencia, o preguntas le formuló a Hitchcock. Los mismos que le siguen ciegamente en lo que respecta a cine, estética, gastronomía, literatura etc, en el punto ortográfico sienten la inseguridad de quien sigue al que hace camino al andar. Un tiempo que editaba su crónica en Le Monde terminé conformándome con que usara la misma ortografía cada mes.
A los norteamericanos, que consideran a Truffaut el paradigma de todo lo francés, no dejan de provocarles una enorme desazón sus particularidades ortográficas, tantas como películas viô escondido de sus padres en la adolescencia, o preguntas le formuló a Hitchcock. Los mismos que le siguen ciegamente en lo que respecta a cine, estética, gastronomía, literatura etc, en el punto ortográfico sienten la inseguridad de quien sigue al que hace camino al andar. Un tiempo que editaba su crónica en Le Monde terminé conformándome con que usara la misma ortografía cada mes.
MODESTAMENTE EXCEPCIONAL
Después de varios días de razonamiento por contraste, me encontré el 13 de junio de 1865 en Sandy Mount, en el suburbio sur-este de Dublín, día y lugar del nacimiento de W.B. Yeats. Temerosa de las perfecciones me fui a tomar un café a un bar italiano llamado Pasolini, escribí cuatro páginas de un estúpido diario de viaje, esperando inútilmente, a Curtis Putralk, el gran amigo de Igmar Bergman con el cual hicieran nacer en este mismo café la idea de la película «La hora del lobo», ambos idearon ese episodio del pequeño demonio y Johan, que después interpretarían ferozmente Max von Sydow y Mikael Rundquist. Inútil espera, sabía que pasaba días borracho y que podría justo haberme contestado el teléfono el día que estaba sobrio. La espera me pone de mal humor, como a todo el mundo y ni siquiera podía concentrarme en pensar en cosas interesantes. Había recién terminado «La eternidad doblada» de Jean Cocteau, pero mi desconfianza natural en las lecturas de moda me habia hecho perder todo fervor.
Pedí otro café, pensé un poco en el amor griego, en la sabiduría humanista, y en el apasionante diálogo entre Jean-Louis y Maud sobre el amor y la religión al rededor de Pascal en aquel inolvidable film de Rohmer, "Ma nuit chez Maud". Después pensé en mi, sentada como una estúpida aquí. Me pasan cosas modestamente excepcionales.
Pedí otro café, pensé un poco en el amor griego, en la sabiduría humanista, y en el apasionante diálogo entre Jean-Louis y Maud sobre el amor y la religión al rededor de Pascal en aquel inolvidable film de Rohmer, "Ma nuit chez Maud". Después pensé en mi, sentada como una estúpida aquí. Me pasan cosas modestamente excepcionales.
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