dimanche 1 août 2010

AUPRèS D'UN MORT




Velábamos el cadáver de Schopenhauer. Habíamos decidido que sus discípulos, en grupos de a dos, lo acompañaríamos por turnos hasta el amanecer.
Este pasaje de mi historia quien mejor lo cuenta es Guy de Maupassant, y de ahí su fama. Lo publica por primera vez en el Gil Blas el 30 de enero de 1883, bajo el seudónimo de Maufrigneuse. Y cuidado, que el hecho, aunque vivido, no se puede contar mejor, así que dejo ante los posibles lectores otra de las traducciones, de Auprès d’un mort, la mía.

Tomé el relevo con un camarada en el silencio de la medianoche, nos sentamos a los pies de la cama, su rostro no había cambiado, ahí estaba su inalterable sonrisa de comisuras cabizbajas. Con dificultad nos hacíamos a la idea de que estuviera muerto, parecía que en cualquier momento abriría los ojos y comenzaría a hablar. Su pensamiento nos envolvía, nos sentíamos más que nunca dentro de la atmósfera de su genio, invadidos y poseídos por él. Su dominio nos parecía incluso mas soberano ahora que estaba muerto. Un misterio se mezclaba al poder de este incomparable espíritu.
- El cuerpo de este tipo de hombres desaparece, pero ellos quedan. Y en la noche que sucede a su muerte, le aseguro señor que se ven espantosos.
En voz baja, hablamos de él, recordamos sus palabras, sus fórmulas, sus sorprendentes máximas, que parecen destellos entrando en las tinieblas de lo Desconocido.
– Parece que va a hablar – dice mi camarada. Y miramos, con una inquietud cercana al miedo, el rostro inmóvil que todavía sonreía.
Poco a poco nos sentimos incómodos, agobiados, claudicantes. Balbuceé:
– No sé lo que tengo pero me siento enfermo.
Y nos dimos cuenta que el cuerpo olía mal.
Mi compañero me propuso entonces que pasáramos al cuarto contiguo, dejando la puerta abierta; yo acepté.
Tomé una de las velas que alumbraba en el velador, dejando la segunda, y nos fuimos a sentar a la otra punta de la otra pieza, de modo que pudiéramos ver desde nuestro lugar la cama y el muerto, a plena luz.
Pero nos seguía abrumando; hubiéramos dicho que su ser inmaterial, desprendido, libre, todopoderoso, dominante, nos rondaba. Y a veces también el olor infame del cuerpo descompuesto, nos llegaba, nos penetraba, repugnante y vago.
De pronto un escalofrío nos atravesó los huesos. Un ruido, un pequeño ruido que venía de la pieza del muerto. Nuestras miradas se enfilaron hacia él, y hemos visto, sí, señor, hemos visto perfectamente, el uno y el otro, una cosa blanca deslizarse por la cama, caer sobre el suelo, en la alfombra y desaparecer bajo un sillón.
Nos paramos de un salto, locos de un terror estúpido, listos para arrancar. Nos miramos. Estábamos horriblemente pálidos, nuestros corazones latían levantando el género de la camisa. Yo hablé primero.
– ¿Viste?...
– Sí, si vi.
– ¿Será que está vivo?
– ¿Qué vamos a hacer?”
Mi compañero pronuncia inseguro:
– Hay que ir a ver.
Tomé nuestra vela y entré primero, recorriendo con la mirada toda la gran pieza de oscuras esquinas. Nada se movía; me acerqué a la cama. Pero quedé aterrorizado:
Schopenauer ya no sonreía, al contrario, se había apoderado de su cara una morisqueta horrible, la boca hundida, las mejillas profundamente vacías. Tartamudeé:
– ¡No esta muerto!
Pero el horrible olor me sofocaba. No me moví más. La mirada fija, asustado como frente a una aparición.
Por otro lado mi compañero, tomando la otra vela se agacha. Me toma del brazo sin decir una palabra. Sigo su mirada, y percibo en el suelo, bajo el sillón al lado de la cama, blanqueando en el sombrío tapiz, abiertos como para dar una mascada, los dientes postizos de Schopenahuer.
El trabajo de descomposición, le aflojó las mandíbulas hasta hacerlos saltar de la boca.
- Yo tuve realmente mucho miedo ese día, señor

Aucun commentaire:

Enregistrer un commentaire