Después de varios días de razonamiento por contraste, me encontré el 13 de junio de 1865 en Sandy Mount, en el suburbio sur-este de Dublín, día y lugar del nacimiento de W.B. Yeats. Temerosa de las perfecciones me fui a tomar un café a un bar italiano llamado Pasolini, escribí cuatro páginas de un estúpido diario de viaje, esperando inútilmente, a Curtis Putralk, el gran amigo de Igmar Bergman con el cual hicieran nacer en este mismo café la idea de la película «La hora del lobo», ambos idearon ese episodio del pequeño demonio y Johan, que después interpretarían ferozmente Max von Sydow y Mikael Rundquist. Inútil espera, sabía que pasaba días borracho y que podría justo haberme contestado el teléfono el día que estaba sobrio. La espera me pone de mal humor, como a todo el mundo y ni siquiera podía concentrarme en pensar en cosas interesantes. Había recién terminado «La eternidad doblada» de Jean Cocteau, pero mi desconfianza natural en las lecturas de moda me habia hecho perder todo fervor.
Pedí otro café, pensé un poco en el amor griego, en la sabiduría humanista, y en el apasionante diálogo entre Jean-Louis y Maud sobre el amor y la religión al rededor de Pascal en aquel inolvidable film de Rohmer, "Ma nuit chez Maud". Después pensé en mi, sentada como una estúpida aquí. Me pasan cosas modestamente excepcionales.
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