dimanche 1 août 2010
LA SOMBRA DE UNA AZUCENA
Peripatética, pensaba en el último trabajo de Agorato, Los muros de Alcibíades. Las típicas escenas de mal gusto de esa época, en que el vanidoso dueño de casa era adorado por diosas y perseguido por ninfas. René Krauss disfrutaba mucho contando esa historia, repetía exactamente, palabra por palabra, el párrafo de su Vida pública y privada de Sócrates, y le gustaba sobre todo pronunciar la última frase en tono melancólico, amargo: “El viejo y cansado maestro estaba con miedo de que aquel penoso trabajo le impidiera terminar lo que reputaba la obra maestra de su vida: la sombra de una azucena. Sin embargo continuó pintando sus diosas galantes hasta cubrir todos los muros y, en cambio, careció de fuerzas para dar forma a aquella sombra.”
René y yo inventamos en largas conversaciones una historia del arte occidental a partir de la sombra de esa azucena. Un día ya tanto imaginar empezamos a escribirla. Yo estaba en el teclado y René se paseaba por la sala. Se me acercó tropezando antes con una silla, me eché a reír, hice comentarios burlones acerca de su permanente torpeza. En medio de la risa toqué por descuido el teclado borrando todo lo que habíamos escrito. René gritó apuntándome con el dedo: “¡Terrorista, te burlas de un pequeño tropiezo y tú acabas de borrar La Historia del Arte Occidental con un dedo!!!”
Inscription à :
Publier les commentaires (Atom)

Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire