Editando en París un texto de Armando Uribe, sentí nostalgia de un tiempo que no nos tocó vivir, en que la ortografía era un asunto personal. Juan Ramón Jiménez era sólo el caso mas extremo de un fenómeno corriente. Los escritores de entonces no veían a la ortografía como algo dado, y era para ellos una cuestión de honor tomar decisiones en ese terreno. Llegado un original a la imprenta, el corrector de pruebas preguntaba con toda naturalidad – ¿Con qué ortografía desea que lo corrijamos? – Con la de Bello por favor – Perfecto.
A los norteamericanos, que consideran a Truffaut el paradigma de todo lo francés, no dejan de provocarles una enorme desazón sus particularidades ortográficas, tantas como películas viô escondido de sus padres en la adolescencia, o preguntas le formuló a Hitchcock. Los mismos que le siguen ciegamente en lo que respecta a cine, estética, gastronomía, literatura etc, en el punto ortográfico sienten la inseguridad de quien sigue al que hace camino al andar. Un tiempo que editaba su crónica en Le Monde terminé conformándome con que usara la misma ortografía cada mes.

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